miércoles, 27 de mayo de 2026

El atasco

El Atasco

 

—¡Vamos, niños, que llegamos tarde! —grito desesperada, como cada mañana.

—Mamá, Luis no me deja entrar al baño —protesta Teresa, la mediana de los tres hijos que tengo.

—Deja entrar a tu hermana. Ya está bien, que no llegamos.

—Acabo de pasar, no hay derecho. Esto es un asco.

—Ya tienes diecisiete años, podías dar un poco de ejemplo, ¿no crees? Coge a tu hermano y baja ya al coche, que ahora voy yo.

—Siempre me cargas con el pequeño —refunfuña mientras coge a Pablo, de cinco años, y baja las escaleras.

—¿Lleváis todo? No pienso dar la vuelta, os lo aviso.

Luis se sienta delante conmigo; Teresa atrás con Pablo, que siempre viaja adormilado. Inicio la marcha. Cuando me incorporo a la vía principal hay un embotellamiento. Miro por el retrovisor: es imposible ir hacia atrás y no puedo girar en ningún sentido. Estoy atrapada. El coche se ha quedado pegadito al león de la fuente; parece que quisiera engullirlo, igual que el tráfico.

Comienzan los pitidos, el pequeño se espabila y empieza a llorar. Su hermana lo acaricia mientras me llama sin cesar. Su hermano le pone dibujos en el móvil; con esto se calma. Los mayores me miran como si me hubiera vuelto loca, estoy desbordada y no sé qué hacer. Los coches no se mueven; nunca habían estado en un atasco tan grande.

Para colmo de males, al frío se le une una lluvia intensa que apenas deja ver lo que sucede en el exterior. Para colmo de males la calefacción y el botón de desempañar no funcionan. Bajo un poco el cristal y comienzan las quejas por el frío, hago oídos sordos: necesito respirar y ver qué sucede. Para empeorar la situación, empiezo a estornudar sin parar.

—Teresa, hija, dame un pañuelo del bolso —solicito a mi hija con urgencia.

—¡Por Dios, mamá! Esto parece un bazar chino, no hay quien encuentre nada.

Teresa se descuida y deja el bolso abierto; Pablo lo convierte en su bolsa de juegos. Bajo la ventanilla hasta la mitad; Me da claustrofobia estar encerrada. En ese instante, Pablo lanza la cartera por la abertura de la ventanilla que pasa rozando mi oreja.

—¡Teresa! ¿Qué ha tirado el niño?

—No lo sé, no lo he visto.

—¿No te he dicho que lo vigiles?

—Mamá, tu bolso está tirado por todo el coche...  y falta… ¡la cartera! —dice horrorizada.

Abro la puerta para cogerla cuando uno de los limpiacristales del semáforo me empuja la coge y sale corriendo.

—¡Al ladrón, al ladrón! —grito desesperada.

Los conductores cercanos bajan a ayudarme, pero al ladrón ya no se le ve; se ha esfumado. Lo único que se divisa es un amasijo interminable de chapa y humo.

De vuelta al coche, estoy calada hasta los huesos, me pongo el cinturón, miro a mis hijos sin decir nada y pongo la música a todo volumen. Teresa y Pablo comienzan a llorar; no había forma de calmarlos. Luis se asusta al verme así. Con la excusa de consolar a sus hermanos, se va a la parte de trasera.

La procesión avanza un poco, dando frenazos continuamente, hasta que se detiene de nuevo a la altura de la «casa fantasma».

—¡Qué mal rollo! —comenta el mayor, haciendo muecas y gestos espantosos—. Solo faltaba que apareciera el espíritu de la niña y se nos metiera en el coche. Cuentan que la asesinaron y se aparece para llevarse a  otros niños y no estar sola en ese enorme palacio.

—Mamá, por favor, sal de aquí, te lo ruego. Por favor, sal de aquí. —gritaba y suplicaba Teresa, hecha un ovillo, abrazando a su hermano pequeño con fuerza.

—¿Ves lo que has conseguido? ¡Vaya ayuda que tengo contigo! A la próxima que la organices te bajas del coche y te vas andando, ya eres mayorcito.

—Cariño, no te preocupes, los fantasmas no existen y, si fuera así, no pueden salir de su casa, están atrapados. En el coche no pueden entrar.

—Eso no es verdad. Mi amiga Carla dice que vio uno en su pueblo. Salió de una ventana y quería cogerla.

—Estoy segura de que lo inventó para asustarte. Además, en este coche no hay sitio para los fantasmas: está demasiado lleno.

«Tranquilízate. Tienes que proteger a tus hijos y calmarlos. Respira y piensa, respira y piensa, porque esto va para largo».

—Chicos, voy a hacer unas llamadas para bloquear las tarjetas por el robo de la cartera y otra a la policía; luego jugamos a lo que queráis… bueno, a lo que se pueda dentro del coche. ¿Qué os parece?

—¡Bien! —gritaron los dos pequeños.

—Vaya royo.—decía Pablo cuando va a terminar, no deja de hablar por teléfono

—Pablo me estás poniendo de los nervios ¡para ya! —grita Teresa

—Os queréis callar que no escucho lo que me dicen.

 —Ya he terminado. ¿Qué queréis hacer?

—A inventar historias —decía Pablo.

—Pero no podemos ver muchas cosas, hijo.

—Ya ha dejado de llover. Quitamos el vaho a los cristales y a ver qué se nos ocurre —decía, toda emocionada, Teresa.

—Está bien. Pablo, empieza tú.

—El señor del semáforo, el que lleva traje, se va a tirar un pedo y se le van a romper los pantalones —dice riendo a carcajadas.

—¡Pablo, no seas cochino!

—Jo, no hay mucha gente por la calle —se queja Teresa—. Los chicos del coche de delante son unos delincuentes peligrosos. Van a atracar un camión lleno de dinero y se les van a estropear los planes por el maldito atasco.

—Luis, te toca.

—Mamá, yo paso.

—Venga, te encantaba.

—Ya no soy un niño.

—Imaginar, soñar, inventar y escribir no es solo cosa de niños. Venga, anímate.

—Paso.

—Tú mismo. Me toca a mí. Jo, qué difícil, chicos. ¿Veis a la señora que lleva un paquete en la mano?

—¿Dónde? —preguntan intrigados.

—Al lado de la estatua.

—Ah, sí.

—Es una hacedora de cuentos. Lleva migas de pan para hacer un camino hasta esa pequeña cueva de allí, donde lleva a las palomas para que no se mojen; les da de comer y les cuenta un cuento.

Estaban tan entretenidos que no escucharon que les pitaban. La procesión se ponía de nuevo en marcha, sin tirones ni frenazos; el tráfico era fluido. Cuando pasan a la altura de «los sabios», vieron que una enorme grúa estaba volcada en la fuente del Conquistador.

—Pensaba que el atasco se había acabado, pero ya veo que no. La policía y los semáforos lo mantienen. Se podían ir a la mierda y dejar las vías libres; no llegamos ni al cole ni al trabajo.

—Seguimos jugando... No te fades, mamá.

—Venga, Pablo, te toca.

—El polizía se traga el pito y se cae a la fuente.

Todos se echaron a reír imaginando al guardia en tal situación.

—Ahora yo, ahora yo.

—¿Qué se te ha ocurrido, Teresa, con tanta urgencia?

—¿Veis al señor de aquel semáforo del fondo, ese que está con unas pelotas?

—No lo veo, hija. ¿Tú lo ves, Pablo?

—No.

—Espera, que se ha agachado a coger algo. Ahora se ha puesto de pie. Lleva ropa llamativa y hace juegos con las pelotas. Mira ahora.

—Ah, sí, lo veo, pero si… ese es… ¡no puede ser! Lleva otra ropa y una peluca de payaso. Estoy segura. Se va a enterar ese desgraciado.

—Mamá, me estás asustando, y a los niños también —dijo Luis, elevando la voz.

Detengo el vehículo. Luis al ver que voy a bajar sale del coche y se dirige al lado del conductor.

—¿Qué pasa, mamá?

—¡Ese es el que me cogió la cartera! —gritó enfadada—. Quédate con tus hermanos, que ahora vengo.

—¡Estás loca! ¿Quieres que te haga algo? La policía está ahí mismo; ve, cuéntales lo que ha pasado y que vayan ellos.

—Luis, por favor, deja que solucione esto yo.

—No, no voy a dejar que te pase algo como a papá. Tú no vas a ningún sitio —dijo muy enfadado, con lágrimas en los ojos.

Con el revuelo que teníamos montado, no hice caso a las protestas y pitidos del resto de conductores, el tráfico avanzaba despacio y yo lo estaba parando. La policía se acerca para ver que sucede. El payaso, cuando ve que se dirigen hacia él, salen corriendo.

Los conductores, aprovechan que no llueve y salen de sus vehículos para ver qué sucede, y comienzan a animar a los agentes:

—¡Vamos, chicos, que no se diga! ¡Vosotros corréis más rápido!
—¡Mierda, se le ha soltado!
—¡Se ha escurrido el imbécil y ha perdido la peluca! ¡Está calvo!   —comienzan a reír.
—¡Ya lo tienes! ¡Venga, vamos, vamos! ¡Toma ya, lo ha enganchado! —rompen en aplausos, como en el mejor de los espectáculos.

Entre sus cosas tenía muchas de origen sospechoso y aún no se había deshecho de la cartera.

La policía hablo conmigo y les informe que no iba a poner denuncia: no tenía tiempo para los quebraderos de cabeza que me iba a ocasionar. Recuperarlo todo era más que suficiente. Me la entregaron y se llevaron al detenido.

—Pablo, no sabes la cantidad de papeleo que trae que te roben o pierdas la cartera. Menos mal que ha aparecido.

—Me alegro mucho, mamá.

—Tiene que haber pasado algo muy gordo. No dejan de pasar policías, ambulancias y camiones de bomberos; el caos es cada vez mayor. Si pudiera girar por alguna de las calles de la derecha, quizá encontraría una forma de salir de este embotellamiento.

—La siguiente es prohibida y hay más coches queriendo entrar donde estamos nosotros. Y luego está esa rotonda enorme, donde hay esos edificios tan grandes que no sé qué son, y desde la otra puedes ir en varias direcciones, ¿no?

—Ahí debe de estar el problema, porque, si no, no es normal que esto esté así. No sé cómo tus hermanos han podido dormirse con este jaleo.

—Nos movemos —comentó Pablo, ilusionado.

—¿Qué demonios está pasando aquí, Pablo? La plaza está tomada literalmente por la policía y los bomberos; me da mala espina —dijo en tono preocupado.

—Pablo, vete atrás con tus hermanos. Esto no me gusta nada.

—Mamá, me estás asustando. Dime qué pasa.

—No lo sé, Pablo. Es solo un presentimiento. Es raro que solo dejen cruzan la plaza a un vehículo en cada sentido. Anda, ve con tus hermanos.

Luis se despertó al notar el movimiento y dijo que quería hacer pis con urgencia. Bajó del coche para ver si en la zona había algún lugar donde llevarle.

—Yo también quiero ir al baño. —dijo Teresa que acaba de despertar.

—Pablo, ahí enfrente… ¿ves que hay un restaurante? Lleva a tus hermanos al baño. Te doy dinero, tráeme agua y comprad lo que os apetezca. No tardéis, por favor.

—Está bien. Llevo el móvil por si acaso.

«¿Y si les pasa algo por dejarlos solos? Nunca me lo perdonaré… Pero ¿qué hago? No puedo dejar el coche aquí y Pablo no puede conducir. ¿Y si se llevan a Teresa? Ya tiene trece años… ¿Qué más cosas me pueden pasar hoy? Ahora mismo debo de ser la peor madre del mundo… No soy capaz de resolver esta situación. Su padre habría sabido qué hacer… Dios, protégelos…»

—Ya estamos aquí. Ni media hora. Había gente, pero dábamos pena, sobre todo este: “que me meo, que me meo”, llorando… Al final le han dejado pasar. Había un debate en el baño sobre por qué, habiendo transporte, estamos en un atasco. Yo ya les he dicho que no soy de aquí. Allí los he dejado con el tema. Aquí tienes tu agua.

—En mi baño también había mucha gente, pero me han visto sola y me han dejado pasar. He tenido suerte.

—Comed eso y al coche, que hace frío. A ver si se despeja esto y podemos salir de aquí.

No dejaban de llegar servicios de emergencia. Las personas fuera de sus vehículos se miraban contrariadas, sin saber qué hacer. Algunos se acercaban a preguntar qué ocurría. Decían que había una avería bajo el asfalto y que no se podía pasar. Los mandaban de vuelta a sus coches.

El ambiente cada vez estaba más tenso. La gente se enfrentaba a los agentes; algunos intentaban salir de allí subiendo los coches a la acera y acelerando. Aquello ya no era un lugar seguro para nadie.

Se hizo una calma extraña, seguida de un:

—¡Fweeeet!

—¡Boom!

La oscuridad se apoderó de aquel lugar. Miles de piedras salieron disparadas en todas direcciones. Una cortina de humo y arena impedía la visión.

—¡Aaaah!
—¡Eeeek!
—¡Socorro!

Los gritos se mezclaban con los llantos. Pedían ayuda, pero nadie los escuchaba dentro de sus búnkeres.

Pablo comenzó a llorar llamando a su madre desesperadamente y no se despertaba. Zarandeaba a su hermana  y tras un rato esta abrió los ojos dando un grito que asusto aun mas a su hermano.

Estaba aturdida y confusa no sabía que había pasado  y  por las ventanillas no veía nada solo una especie de cortina blanca. Pablo la llamaba, se giro vio que lloraba le saco de la silla y lo abrazo fuertemente.

Sentía su cuerpo pesado al igual que su mente, no era capaz de pensar. Dio un pequeño respingo al acordarse de su madre y su hermano mayor.

Yacían recostados sobre el salpicadero del coche, comenzó a llamarles sin resultados. Dejo a su hermano en el asiento y empezó a moverles a darles tortas y nada. Sus lagrimas brotaban cada vez más fuertes y no paraba de decir no, no pueden estar muertos como papa.

Pablo se unió a ella y, entre los dos, intentaban despertarlos. Emilia emitió un leve quejido que no percibieron y consiguió despertar unos minutos más tarde. Tardó mucho en recuperar la conciencia y recordar lo que estaba pasando.

Luis seguía sin recuperarse. No sabían si tenía alguna lesión ni si vendría ayuda pronto; aquello era un caos.

El coche les había protegido de las piedras. El techo estaba muy hundido y, por alguna extraña conjunción, no cayó ninguna tan grande como para romper los cristales por completo. Habían tenido mucha suerte.

—Teresa, tengo que salir a pedir ayuda. Ahora tú eres la mayor; vigila a tus hermanos.
—No me dejes sola —decía, llorando.
—Tenemos que salir de aquí. No tardo, enseguida vuelvo.
—No se ve nada, ¿adónde vas? —decía, muy preocupada.
—Se oyen sirenas y veo luces; han tenido que enviar ayuda. No sé el tiempo que llevamos así.
—Vale, un minuto, solo uno, porfa.

Voy al maletero; tengo una linterna. No sé si me servirá de algo. Vaya, está abollado, no abre; ya puedo ir con cuidado. Camino hasta el morro del coche, dio un grito y se detuvo de golpe: lo que tengo delante de mí es dantesco. No hay plaza, no hay nada, solo un enorme agujero sin fin; se ha tragado todo lo que estaba delante. Nos hemos librado por los pelos. ¿Dónde está todo lo que había? Se lo ha tragado todo; no se ve nada, es muy profundo...

Me arrodillé en el suelo. Una sensación de miedo, impotencia y angustia me invadía; no podía parar de llorar ni de golpear el suelo. La imagen de mis hijos vino a mi mente. Me levanté y comencé a andar en dirección a las luces.

Tropezaba continuamente con piedras, trozos de coches, árboles, objetos y, lo peor, personas o lo que quedaba de ellas. En un segundo, aquel lugar hermoso pasó a ser una zona de guerra.

Cuanto más andaba, más lejanas me parecía verlas. Mi andar cada vez era más errático; me dolía la cabeza y me estaba mareando. Sacaba fuerzas: tenía que conseguir ayuda, me estaban esperando; no podía fallarles.

¿Dónde están las luces? Tenía que haber llegado ya. No estaban tan lejos… ¿o es que me he perdido? No dejaba de llorar, empeorando aún más la situación.

Alguien me agarró y me sobresalté.

—No se asuste, soy de los servicios de emergencia.
—Cuánto me alegro… los he encontrado. Tengo a mis tres hijos en el coche; uno está inconsciente. Me están esperando, salí a buscar ayuda.
—¿Cómo se llama?
—Emilia.
—Me llamo Elías. Vamos a ver a esos muchachos y qué necesitamos para sacarlos de donde están. ¿Recuerda dónde estaba?

—Al borde del socavón, en la parte derecha. ¿Sabe usted qué ha pasado?
—Una fatalidad, algo que nadie se explica cómo ha podido pasar… o no quieren saber. Han explotado todas las tuberías de gas en dos kilómetros. Si se  encuentra donde dice es la zona menos afectada.

No podía creer lo que decía; si mi zona era la menos dañada, ¿cómo estaría el resto? El corazón me latía cada vez con más fuerza y me sentía mareada.

Nos detuvimos en varias ocasiones; otras personas necesitaban ayuda. Elías daba el aviso, marcaba la zona y enviaba las coordenadas. Por desgracia, muchas otras estaban fallecidas. El paisaje era desolador.

Se me hizo eterno el camino de regreso. Cuando vi el coche, eché a correr llamando a mis hijos. En medio de aquel caos, Teresa cogió a Pablo y salió a mi encuentro. Me abrazaban tan fuerte que no podía ir a ver a Luis.

—He pedido un transporte; su otro hijo necesita traslado a un hospital. Le he revisado y solo tiene una conmoción. No veo nada grave, no se preocupe —dijo Elías con voz calmada.
—Le agradezco todo lo que ha hecho por nosotros, no sé cómo se lo podré agradecer —dije, llorando mientras lo abrazaba.
—Es mi labor y lo hago con gusto. Ahora vendrán a por usted; espero que no tarden.

Tardaron más de lo que me hubiera gustado. Pablo estaba insoportable y yo estaba muy preocupada por Luis. Llegó un vehículo enorme, con unas ruedas como las de los tanques; cuando lo vio, se puso tan contento que dejó de quejarse.

—Mira, mamá, son como esos de los desfiles de los soldados         —decía Pablo, todo emocionado.
—Sí, cariño, ¿estás contento?
—Cuando lo cuente en el cole no se lo van a creer.

Es curioso de cuántas formas se puede vivir una desgracia: hace un minuto estaba disgustado y ahora feliz. Los niños son increíbles.

Nos llevaron a una zona no muy lejos de allí que estaba despejada, donde nos esperaba un helicóptero. Era la única forma de salir y poder llegar al hospital.

Cuando le dijeron que iba a montar en helicóptero, en ese momento era el niño más feliz de la Tierra; aquella era la mejor aventura de su vida. Estaba súper emocionado.

En el aire, entre la neblina, se podía ver el atasco: cómo los coches serpenteaban sobre el asfalto en dirección a la boca del dragón.


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