El Atasco
—¡Vamos, niños, que llegamos tarde! —grito
desesperada, como cada mañana.
—Mamá, Luis no me deja entrar al baño —protesta
Teresa, la mediana de los tres hijos que tengo.
—Deja entrar a tu hermana. Ya está bien, que no
llegamos.
—Acabo de pasar, no hay derecho. Esto es un asco.
—Ya tienes diecisiete años, podías dar un poco de
ejemplo, ¿no crees? Coge a tu hermano y baja ya al coche, que ahora voy yo.
—Siempre me cargas con el pequeño —refunfuña mientras
coge a Pablo, de cinco años, y baja las escaleras.
—¿Lleváis todo? No pienso dar la vuelta, os lo aviso.
Luis se sienta delante conmigo; Teresa atrás con
Pablo, que siempre viaja adormilado. Inicio la marcha. Cuando me incorporo a la
vía principal hay un embotellamiento. Miro por el retrovisor: es imposible ir
hacia atrás y no puedo girar en ningún sentido. Estoy atrapada. El coche se ha
quedado pegadito al león de la fuente; parece que quisiera engullirlo, igual
que el tráfico.
Comienzan los pitidos, el pequeño se espabila y
empieza a llorar. Su hermana lo acaricia mientras me llama sin cesar. Su
hermano le pone dibujos en el móvil; con esto se calma. Los mayores me miran como
si me hubiera vuelto loca, estoy desbordada y no sé qué hacer. Los coches no se
mueven; nunca habían estado en un atasco tan grande.
Para colmo de males, al frío se le une una lluvia
intensa que apenas deja ver lo que sucede en el exterior. Para colmo de males la
calefacción y el botón de desempañar no funcionan. Bajo un poco el cristal y
comienzan las quejas por el frío, hago oídos sordos: necesito respirar y ver
qué sucede. Para empeorar la situación, empiezo a estornudar sin parar.
—Teresa, hija, dame un pañuelo del bolso —solicito a mi
hija con urgencia.
—¡Por Dios, mamá! Esto parece un bazar chino, no hay
quien encuentre nada.
Teresa se descuida y deja el bolso abierto; Pablo lo
convierte en su bolsa de juegos. Bajo la ventanilla hasta la mitad; Me da
claustrofobia estar encerrada. En ese instante, Pablo lanza la cartera por la
abertura de la ventanilla que pasa rozando mi oreja.
—¡Teresa! ¿Qué ha tirado el niño?
—No lo sé, no lo he visto.
—¿No te he dicho que lo vigiles?
—Mamá, tu bolso está tirado por todo el coche... y falta… ¡la cartera! —dice horrorizada.
Abro la puerta para cogerla cuando uno de los limpiacristales
del semáforo me empuja la coge y sale corriendo.
—¡Al ladrón, al ladrón! —grito desesperada.
Los conductores cercanos bajan a ayudarme, pero al
ladrón ya no se le ve; se ha esfumado. Lo único que se divisa es un amasijo
interminable de chapa y humo.
De vuelta al coche, estoy calada hasta los huesos, me
pongo el cinturón, miro a mis hijos sin decir nada y pongo la música a todo
volumen. Teresa y Pablo comienzan a llorar; no había forma de calmarlos. Luis
se asusta al verme así. Con la excusa de consolar a sus hermanos, se va a la
parte de trasera.
La procesión avanza un poco, dando frenazos
continuamente, hasta que se detiene de nuevo a la altura de la «casa fantasma».
—¡Qué mal rollo! —comenta el mayor, haciendo muecas y
gestos espantosos—. Solo faltaba que apareciera el espíritu de la niña y se nos
metiera en el coche. Cuentan que la asesinaron y se aparece para llevarse a otros niños y no estar sola en ese enorme
palacio.
—Mamá, por favor, sal de aquí, te lo ruego. Por favor,
sal de aquí. —gritaba y suplicaba Teresa, hecha un ovillo, abrazando a su
hermano pequeño con fuerza.
—¿Ves lo que has conseguido? ¡Vaya ayuda que tengo
contigo! A la próxima que la organices te bajas del coche y te vas andando, ya
eres mayorcito.
—Cariño, no te preocupes, los fantasmas no existen y,
si fuera así, no pueden salir de su casa, están atrapados. En el coche no
pueden entrar.
—Eso no es verdad. Mi amiga Carla dice que vio uno en
su pueblo. Salió de una ventana y quería cogerla.
—Estoy segura de que lo inventó para asustarte.
Además, en este coche no hay sitio para los fantasmas: está demasiado lleno.
«Tranquilízate. Tienes que proteger a tus hijos y
calmarlos. Respira y piensa, respira y piensa, porque esto va para largo».
—Chicos, voy a hacer unas llamadas para bloquear las
tarjetas por el robo de la cartera y otra a la policía; luego jugamos a lo que
queráis… bueno, a lo que se pueda dentro del coche. ¿Qué os parece?
—¡Bien! —gritaron los dos pequeños.
—Vaya royo.—decía Pablo cuando va a terminar, no deja
de hablar por teléfono
—Pablo me estás poniendo de los nervios ¡para ya!
—grita Teresa
—Os queréis callar que no escucho lo que me dicen.
—A inventar historias —decía Pablo.
—Pero no podemos ver muchas cosas, hijo.
—Ya ha dejado de llover. Quitamos el vaho a los
cristales y a ver qué se nos ocurre —decía, toda emocionada, Teresa.
—Está bien. Pablo, empieza tú.
—El señor del semáforo, el que lleva traje, se va a
tirar un pedo y se le van a romper los pantalones —dice riendo a carcajadas.
—¡Pablo, no seas cochino!
—Jo, no hay mucha gente por la calle —se queja
Teresa—. Los chicos del coche de delante son unos delincuentes peligrosos. Van
a atracar un camión lleno de dinero y se les van a estropear los planes por el
maldito atasco.
—Luis, te toca.
—Mamá, yo paso.
—Venga, te encantaba.
—Ya no soy un niño.
—Imaginar, soñar, inventar y escribir no es solo cosa
de niños. Venga, anímate.
—Paso.
—Tú mismo. Me toca a mí. Jo, qué difícil, chicos.
¿Veis a la señora que lleva un paquete en la mano?
—¿Dónde? —preguntan intrigados.
—Al lado de la estatua.
—Ah, sí.
—Es una hacedora de cuentos. Lleva migas de pan para
hacer un camino hasta esa pequeña cueva de allí, donde lleva a las palomas para
que no se mojen; les da de comer y les cuenta un cuento.
Estaban tan entretenidos que no escucharon que les
pitaban. La procesión se ponía de nuevo en marcha, sin tirones ni frenazos; el
tráfico era fluido. Cuando pasan a la altura de «los sabios», vieron que una
enorme grúa estaba volcada en la fuente del Conquistador.
—Pensaba que el atasco se había acabado, pero ya veo
que no. La policía y los semáforos lo mantienen. Se podían ir a la mierda y
dejar las vías libres; no llegamos ni al cole ni al trabajo.
—Seguimos jugando... No te fades, mamá.
—Venga, Pablo, te toca.
—El polizía se traga el pito y se cae a la fuente.
Todos se echaron a reír imaginando al guardia en tal
situación.
—Ahora yo, ahora yo.
—¿Qué se te ha ocurrido, Teresa, con tanta urgencia?
—¿Veis al señor de aquel semáforo del fondo, ese que
está con unas pelotas?
—No lo veo, hija. ¿Tú lo ves, Pablo?
—No.
—Espera,
que se ha agachado a coger algo. Ahora se ha puesto de pie. Lleva ropa
llamativa y hace juegos con las pelotas. Mira ahora.
—Ah,
sí, lo veo, pero si… ese es… ¡no puede ser! Lleva otra ropa y una peluca de
payaso. Estoy segura. Se va a enterar ese desgraciado.
—Mamá,
me estás asustando, y a los niños también —dijo Luis, elevando la voz.
Detengo
el vehículo. Luis al ver que voy a bajar sale del coche y se dirige al lado del
conductor.
—¿Qué
pasa, mamá?
—¡Ese
es el que me cogió la cartera! —gritó enfadada—. Quédate con tus hermanos, que
ahora vengo.
—¡Estás
loca! ¿Quieres que te haga algo? La policía está ahí mismo; ve, cuéntales lo
que ha pasado y que vayan ellos.
—Luis,
por favor, deja que solucione esto yo.
—No,
no voy a dejar que te pase algo como a papá. Tú no vas a ningún sitio —dijo muy
enfadado, con lágrimas en los ojos.
Con
el revuelo que teníamos montado, no hice caso a las protestas y pitidos del
resto de conductores, el tráfico avanzaba despacio y yo lo estaba parando. La
policía se acerca para ver que sucede. El payaso, cuando ve que se dirigen
hacia él, salen corriendo.
Los
conductores, aprovechan que no llueve y salen de sus vehículos para ver qué
sucede, y comienzan a animar a los agentes:
—¡Vamos,
chicos, que no se diga! ¡Vosotros corréis más rápido!
—¡Mierda, se le ha soltado!
—¡Se ha escurrido el imbécil y ha perdido la peluca! ¡Está calvo! —comienzan a reír.
—¡Ya lo tienes! ¡Venga, vamos, vamos! ¡Toma ya, lo ha enganchado! —rompen en
aplausos, como en el mejor de los espectáculos.
Entre
sus cosas tenía muchas de origen sospechoso y aún no se había deshecho de la
cartera.
La
policía hablo conmigo y les informe que no iba a poner denuncia: no tenía
tiempo para los quebraderos de cabeza que me iba a ocasionar. Recuperarlo todo
era más que suficiente. Me la entregaron y se llevaron al detenido.
—Pablo,
no sabes la cantidad de papeleo que trae que te roben o pierdas la cartera.
Menos mal que ha aparecido.
—Me
alegro mucho, mamá.
—Tiene
que haber pasado algo muy gordo. No dejan de pasar policías, ambulancias y
camiones de bomberos; el caos es cada vez mayor. Si pudiera girar por alguna de
las calles de la derecha, quizá encontraría una forma de salir de este
embotellamiento.
—La
siguiente es prohibida y hay más coches queriendo entrar donde estamos
nosotros. Y luego está esa rotonda enorme, donde hay esos edificios tan grandes
que no sé qué son, y desde la otra puedes ir en varias direcciones, ¿no?
—Ahí
debe de estar el problema, porque, si no, no es normal que esto esté así. No sé
cómo tus hermanos han podido dormirse con este jaleo.
—Nos
movemos —comentó Pablo, ilusionado.
—¿Qué
demonios está pasando aquí, Pablo? La plaza está tomada literalmente por la
policía y los bomberos; me da mala espina —dijo en tono preocupado.
—Pablo,
vete atrás con tus hermanos. Esto no me gusta nada.
—Mamá,
me estás asustando. Dime qué pasa.
—No
lo sé, Pablo. Es solo un presentimiento. Es raro que solo dejen cruzan la plaza
a un vehículo en cada sentido. Anda, ve con tus hermanos.
Luis
se despertó al notar el movimiento y dijo que quería hacer pis con urgencia.
Bajó del coche para ver si en la zona había algún lugar donde llevarle.
—Yo
también quiero ir al baño. —dijo Teresa que acaba de despertar.
—Pablo,
ahí enfrente… ¿ves que hay un restaurante? Lleva a tus hermanos al baño. Te doy
dinero, tráeme agua y comprad lo que os apetezca. No tardéis, por favor.
—Está
bien. Llevo el móvil por si acaso.
«¿Y
si les pasa algo por dejarlos solos? Nunca me lo perdonaré… Pero ¿qué hago? No
puedo dejar el coche aquí y Pablo no puede conducir. ¿Y si se llevan a Teresa?
Ya tiene trece años… ¿Qué más cosas me pueden pasar hoy? Ahora mismo debo de
ser la peor madre del mundo… No soy capaz de resolver esta situación. Su padre
habría sabido qué hacer… Dios, protégelos…»
—Ya
estamos aquí. Ni media hora. Había gente, pero dábamos pena, sobre todo este:
“que me meo, que me meo”, llorando… Al final le han dejado pasar. Había un
debate en el baño sobre por qué, habiendo transporte, estamos en un atasco. Yo
ya les he dicho que no soy de aquí. Allí los he dejado con el tema. Aquí tienes
tu agua.
—En
mi baño también había mucha gente, pero me han visto sola y me han dejado
pasar. He tenido suerte.
—Comed
eso y al coche, que hace frío. A ver si se despeja esto y podemos salir de
aquí.
No
dejaban de llegar servicios de emergencia. Las personas fuera de sus vehículos
se miraban contrariadas, sin saber qué hacer. Algunos se acercaban a preguntar
qué ocurría. Decían que había una avería bajo el asfalto y que no se podía
pasar. Los mandaban de vuelta a sus coches.
El
ambiente cada vez estaba más tenso. La gente se enfrentaba a los agentes;
algunos intentaban salir de allí subiendo los coches a la acera y acelerando.
Aquello ya no era un lugar seguro para nadie.
Se
hizo una calma extraña, seguida de un:
—¡Fweeeet!
—¡Boom!
La
oscuridad se apoderó de aquel lugar. Miles de piedras salieron disparadas en
todas direcciones. Una cortina de humo y arena impedía la visión.
—¡Aaaah!
—¡Eeeek!
—¡Socorro!
Los
gritos se mezclaban con los llantos. Pedían ayuda, pero nadie los escuchaba
dentro de sus búnkeres.
Pablo comenzó a llorar llamando a su madre
desesperadamente y no se despertaba. Zarandeaba a su hermana y tras un rato esta abrió los ojos dando un
grito que asusto aun mas a su hermano.
Estaba aturdida y confusa no sabía que había
pasado y
por las ventanillas no veía nada solo una especie de cortina blanca.
Pablo la llamaba, se giro vio que lloraba le saco de la silla y lo abrazo
fuertemente.
Sentía su cuerpo pesado al igual que su mente, no era
capaz de pensar. Dio un pequeño respingo al acordarse de su madre y su hermano
mayor.
Yacían recostados sobre el salpicadero del coche,
comenzó a llamarles sin resultados. Dejo a su hermano en el asiento y empezó a
moverles a darles tortas y nada. Sus lagrimas brotaban cada vez más fuertes y no
paraba de decir no, no pueden estar muertos como papa.
Pablo
se unió a ella y, entre los dos, intentaban despertarlos. Emilia emitió un leve
quejido que no percibieron y consiguió despertar unos minutos más tarde. Tardó
mucho en recuperar la conciencia y recordar lo que estaba pasando.
Luis
seguía sin recuperarse. No sabían si tenía alguna lesión ni si vendría ayuda
pronto; aquello era un caos.
El
coche les había protegido de las piedras. El techo estaba muy hundido y, por
alguna extraña conjunción, no cayó ninguna tan grande como para romper los
cristales por completo. Habían tenido mucha suerte.
—Teresa,
tengo que salir a pedir ayuda. Ahora tú eres la mayor; vigila a tus hermanos.
—No me dejes sola —decía, llorando.
—Tenemos que salir de aquí. No tardo, enseguida vuelvo.
—No se ve nada, ¿adónde vas? —decía, muy preocupada.
—Se oyen sirenas y veo luces; han tenido que enviar ayuda. No sé el tiempo que
llevamos así.
—Vale, un minuto, solo uno, porfa.
Voy
al maletero; tengo una linterna. No sé si me servirá de algo. Vaya, está
abollado, no abre; ya puedo ir con cuidado. Camino hasta el morro del coche, dio
un grito y se detuvo de golpe: lo que tengo delante de mí es dantesco. No hay
plaza, no hay nada, solo un enorme agujero sin fin; se ha tragado todo lo que
estaba delante. Nos hemos librado por los pelos. ¿Dónde está todo lo que había?
Se lo ha tragado todo; no se ve nada, es muy profundo...
Me
arrodillé en el suelo. Una sensación de miedo, impotencia y angustia me
invadía; no podía parar de llorar ni de golpear el suelo. La imagen de mis
hijos vino a mi mente. Me levanté y comencé a andar en dirección a las luces.
Tropezaba
continuamente con piedras, trozos de coches, árboles, objetos y, lo peor,
personas o lo que quedaba de ellas. En un segundo, aquel lugar hermoso pasó a
ser una zona de guerra.
Cuanto
más andaba, más lejanas me parecía verlas. Mi andar cada vez era más errático;
me dolía la cabeza y me estaba mareando. Sacaba fuerzas: tenía que conseguir
ayuda, me estaban esperando; no podía fallarles.
¿Dónde
están las luces? Tenía que haber llegado ya. No estaban tan lejos… ¿o es que me
he perdido? No dejaba de llorar, empeorando aún más la situación.
Alguien
me agarró y me sobresalté.
—No
se asuste, soy de los servicios de emergencia.
—Cuánto me alegro… los he encontrado. Tengo a mis tres hijos en el coche; uno
está inconsciente. Me están esperando, salí a buscar ayuda.
—¿Cómo se llama?
—Emilia.
—Me llamo Elías. Vamos a ver a esos muchachos y qué necesitamos para sacarlos
de donde están. ¿Recuerda dónde estaba?
—Al
borde del socavón, en la parte derecha. ¿Sabe usted qué ha pasado?
—Una fatalidad, algo que nadie se explica cómo ha podido pasar… o no quieren
saber. Han explotado todas las tuberías de gas en dos kilómetros. Si se encuentra donde dice es la zona menos afectada.
No
podía creer lo que decía; si mi zona era la menos dañada, ¿cómo estaría el
resto? El corazón me latía cada vez con más fuerza y me sentía mareada.
Nos
detuvimos en varias ocasiones; otras personas necesitaban ayuda. Elías daba el
aviso, marcaba la zona y enviaba las coordenadas. Por desgracia, muchas otras
estaban fallecidas. El paisaje era desolador.
Se
me hizo eterno el camino de regreso. Cuando vi el coche, eché a correr llamando
a mis hijos. En medio de aquel caos, Teresa cogió a Pablo y salió a mi
encuentro. Me abrazaban tan fuerte que no podía ir a ver a Luis.
—He
pedido un transporte; su otro hijo necesita traslado a un hospital. Le he
revisado y solo tiene una conmoción. No veo nada grave, no se preocupe —dijo
Elías con voz calmada.
—Le agradezco todo lo que ha hecho por nosotros, no sé cómo se lo podré
agradecer —dije, llorando mientras lo abrazaba.
—Es mi labor y lo hago con gusto. Ahora vendrán a por usted; espero que no
tarden.
Tardaron
más de lo que me hubiera gustado. Pablo estaba insoportable y yo estaba muy
preocupada por Luis. Llegó un vehículo enorme, con unas ruedas como las de los
tanques; cuando lo vio, se puso tan contento que dejó de quejarse.
—Mira,
mamá, son como esos de los desfiles de los soldados —decía Pablo, todo emocionado.
—Sí, cariño, ¿estás contento?
—Cuando lo cuente en el cole no se lo van a creer.
Es
curioso de cuántas formas se puede vivir una desgracia: hace un minuto estaba
disgustado y ahora feliz. Los niños son increíbles.
Nos
llevaron a una zona no muy lejos de allí que estaba despejada, donde nos
esperaba un helicóptero. Era la única forma de salir y poder llegar al
hospital.
Cuando
le dijeron que iba a montar en helicóptero, en ese momento era el niño más
feliz de la Tierra; aquella era la mejor aventura de su vida. Estaba súper
emocionado.
En
el aire, entre la neblina, se podía ver el atasco: cómo los coches serpenteaban
sobre el asfalto en dirección a la boca del dragón.
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