sábado, 24 de agosto de 2024

La parentela

 La parentela

¡Fin de año de mierda!, toda su familia aquí y nada menos que treinta personas. Toda la semana cocinando, limpiando y preparando mil gilipolleces para entretener a los suyos.
Eso sí, no ha faltado dinero para que hubiera todo lujo de detalles y regalos. El resto del año no ha sido capaz de traer a sus hijos comida en condiciones y a mí de darme algo para comprar lo necesario.
—¡Yo soy el amo, el que manda y trabaja!, ¡Las decisiones las tomo yo! Era siempre su respuesta ante mis quejas.
La que me da pena es la cabra; la pobre ha sido ordeñada más de lo debido para que no faltara leche para su familia. Está agotada.
¡Qué falsedad, qué hipocresía! Su madre y hermanas. —Hay querida, que bien tienes la casa, qué bonita, qué rico todo, te echamos de menos, podrías venir a vernos más a menudo— y una mierda serán brujas, todo para que lo escuche mi marido, ¡uaggg da asco!
Después de la paliza a limpiar que me he dado, sus hermanitos me han vomitado en la pared, ¡menuda cogorza llevaban! Esto es una tortura, no lo soporto cada año igual.
Se acabó, no sé qué hago viviendo con este ser inútil, maltratador y prepotente; yo trabajo más que él en casa y no recibo un sueldo que se ha pensado el muy gilipollas que soy una mantenida.
¡Niños, vamos a recoger vuestras cosas! Nos vamos con la abuela. No pienso seguir en estas condiciones.
¡Ah que se me olvida coger a la cabra! También me la llevo; seguro que le fastidia más que me la lleve a ella a que nos vayamos nosotros, ¡que se joda! Así no podrá disfrutar de la leche que tanto le gusta.
Un punto de locura

Han pasado veinte años, pero recuerdo aquella tarde como si acabase de ocurrir.
Era la última tarde que tendríamos clase y además viernes. Esto marcaba lo poco que faltaba para las vacaciones de verano y los temibles exámenes finales.
A las tres de la tarde suena el timbre y todos a correr, empujones, risas, bromas, hasta llegar al aula.
Pasados diez minutos, la profesora aún no había venido y como es lógico no íbamos a estar quietos, unos pintando chorradas en la pizarra, otros lanzando bolitas con el boli y la mayoría hablando a gritos y haciendo el imbécil, lo habitual en estas situaciones.
Se dignó a presentarse a los quince minutos. Todos nos quedamos mudos cuando la vimos; venía desaliñada y nos miraba como si estuviera viendo fantasmas; no nos dio las buenas tardes y cuando una compañera le preguntó si se encontraba bien no respondió y ni siquiera la miró como si no hablara con ella.
Dejó su bolso encima de la mesa y se sentó en el suelo y comenzó a hacer señas para que nos sentáramos con ella. Nadie se levantaba. La mirábamos con si hubiera perdido un tornillo.
¡Vamos chicos, vengan aquí! Estas fueron las primeras palabras que cruzó con nosotros aquella tarde.
Temblando como un flan y extrañados, retiramos las mesas y nos sentamos a su alrededor haciendo un gran círculo.
Daniel, el empollón y preferido de la profe, se acercó a ella gateando y le preguntó si se encontraba bien. Levantó la mirada y sonrió, pero no dijo nada, reculó y se fue a su sitio.
Sin venir a cuento comenzó a reírse como si estuviera poseída y a decir palabras extrañas.
Nos levantamos y salimos corriendo dejándola allí. Fuimos a buscar al director este pensó que era una broma, pero ante la insistencia y al vernos a todos juntos fue a buscar al jefe de estudios y a otro profesor y fueron a ver qué ocurría.
Sólo unos pocos seguimos a los profesores hasta el aula. Muchos de mis compañeros no dejaban de llorar acompañado de un ataque de ansiedad y salieron disparados al patio. Solo un puñado permaneció tranquilo, o eso es lo que se percibía.
Cuando llegamos, me froté los ojos varias veces; no era posible lo que estaba viendo; sostenía una silla en alto dando voces, luchando con alguien que solo veía ella.Sus compañeros trataban de calmarla y hacerla entrar en razón, pero no atendía; estaba totalmente ida. La silla salió disparada hacia la ventana y aterrizó en el patio. Fue un milagro que no hubiera nadie debajo.
Comenzó a andar en círculos diciendo cosas sin sentido, tirándose del pelo y golpeándose la cara.
Me estaba empezando a acojonar y salí corriendo hacia el patio. Mis compañeros me rodearon y les conté lo que había pasado. No dejábamos de mirar la silla rota dentro de la cancha de baloncesto.
Comenzamos a escuchar sirenas; vino una ambulancia junto con la policía; no sé cómo fueron capaces de hacerse con ella y meterla en la ambulancia.
A los quince días teníamos una charla en el salón de actos que iba a ser impartida por la policía. No eran habituales estas actividades a final de curso, pero nosotros encantados si perdíamos clase.
Ese día nos enteramos de lo que le había pasado a nuestra profesora que seguía ingresada.
Nos informaron que un familiar le había regalado unas setas cogidas en su pueblo; se las preparó sin saber que eran Street mushrooms o setas mágicas, si las consumes sus síntomas son alucinaciones, ataques de pánico y episodios psicóticos. Ahora todo cuadraba con lo que sucedió.
Aprendimos que si no eres experto no debes coger setas y menos aún consumirlas.
Hoy me río de cuando cuento aquel episodio, pero el miedo que pase siempre me acompañará, y si veo una seta huyo.