sábado, 28 de marzo de 2026

 


Maltrato

Me atormenta mi casa de niño frío cuánta sangre maldito borracho maltratador asesino me gustaría ver tu putrefacto cuerpo pisotearlo borrar su existencia la argolla la roca cuántas palizas madre te llevaste por mí nunca te lo agradecí lo siento fui malo te abandoné he vuelto es tarde lo sé no hay remedio desayunos risas atardecer tiembla la puerta cinturón de acero contra piel de seda botella rota piel rasgada sin cena a mis aposentos tenedor volador solo herido maltrecho oscuridad mi escudo  cuántas horas en ese armario mi amigo odio ese olor a sudor mezclado con alcohol barato y perfume callejero lo odio lo odio lo odio lo odio lloro sin escuela sin amigos tú te ibas aprendí de mi mamá a escondidas abrazos dulces tirones brazos rotos si llegabas antes atados azotes gritos tus risas cabrón me paralizan crecí jaulas nuestro hogar cuencos por platos escapé la perdí observo derruyo la casa sus trozos se esparcen mi alma se fragmenta terreno yermo fantasmas desnudos dolor permanente.

sábado, 7 de marzo de 2026

Voces

Estoy adormilado, encadenado, confundido… Una voz resuena lejana…
Hoy es el día: conseguiré salir de casa. Estoy aterrorizado, sudando. No dejo de oír cómo me llaman cobarde. Le grito que me deje en paz, que voy a salir, que no va a poder conmigo. El sudor se entremezcla con mis lágrimas. Abro la puerta tímidamente. La luz me ciega. Reculo. Cierro la puerta, asustado. Oigo cómo se ríe de mí. Le grito que me deje en paz. Voy a la cocina, cojo un cuchillo. Me siento en el suelo, llorando hasta que me duermo. Me agito inquieto en mis sueños, alguien me zarandea.
¿Dónde estoy? ¿Qué hago en el suelo? Me levanto confundido. Lanzo el cuchillo, asustado. Todo está en silencio. Las voces vuelven de golpe; me torturan. Les grito para que se callen. Tomo pastillas: solo me duermen y las apagan de nuevo. Ya no las oigo. La paz vuelve.
Despierto agarrotado, pesado, con la boca pastosa. Me siento mareado y… !¡Qué horror!: me he hecho mis necesidades encima. ¿Pero cuánto tiempo llevo dormido? Intento levantarme, me caigo. Me arrastro al baño. Me siento como un asco, como una mierda que no debería vivir.
Abro la puerta, salgo al rellano. Comienzo a temblar y vuelvo a oír cómo me menosprecian y me llaman cobarde. Me tapo los oídos y echo a correr hacia la calle. Ya no tengo escapatoria.
Llego hasta el puente que cruza la autovía. Me asomo al vacío. Me dice que no tengo agallas. Chillo como un loco. Lloro, tiemblo. Grito que soy más valiente que él. Algo me empuja. Salto la valla y me lanzo hacia la libertad.
Un camión de estiércol me abraza. Se ríe, grita que ha ganado. Chillo impotente. Punzadas de dolor recorren mi cuerpo. Pierdo el sentido. Despierto encadenado

jueves, 5 de marzo de 2026

 La boda

Las campanas resuenan: hoy es el gran día. La boda tan esperada: contraen matrimonio la hija del cacique con el hijo del conde. Nunca se había visto un evento igual en aquellas tierras. Unos dicen que es por amor; otros, por intereses. Ahora todas las tierras pasan a la misma familia. La catedral está engalanada como si el mismísimo rey se casara.

La novia es vestida por el mejor modisto. Se sigue la tradición de llevar algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul. Su madre insiste en que lleve la ropa interior de encaje que adquirió junto con su ajuar. Ella no quiere: dice que está pasada de moda y que la tela está deteriorada por el tiempo que lleva guardada. Pero la madre había insistido tanto que, al final, ha accedido, considerándolo como «algo viejo» y, además, nadie lo verá.

A las doce de la mañana, el novio espera nervioso en el altar junto a su madre. Mira una y otra vez, consulta el reloj sin parar hacia el inmenso pasillo que lo separa de la puerta de entrada.

La puerta se abre, suena la marcha nupcial y entra la novia. El padre camina orgulloso con su hija por el pasillo. Los invitados se levantan y se quedan impresionados ante tanta belleza.

La muchacha se detiene: nota rasgarse algo en su interior y un fuerte latigazo a la altura de la cadera.

Vuelven a iniciar el paso. Apenas recorre unos metros cuando se detiene de nuevo y los nervios se apoderan de ella. «No es posible, esto no puede estar pasando… y menos hoy», piensa para sí misma. Junta las piernas con tanta fuerza que anda como si empuja los pies. Los asistentes se miran extrañados, murmuran entre sí y algunos sonríen con malicia.

—Hija, ¿qué haces? ¿Qué pasa?
—Papá, no puedo decírtelo… son cosas que no se le cuentan a un padre. Ahora mismo me quiero morir.
—Siéntate en un banco hasta que estés bien —le dice, apurado.
—No, esto no tiene solución.

El novio ya va a abandonar el altar cuando su madre lo detiene con firmeza:

—No, que venga hasta aquí —dice muy enfadada.
—Mamá, algo le pasa.
—No la puedes tocar hasta que da el «sí, quiero» —murmura al oído de su hijo, lo agarra fuertemente del brazo.

«Nunca me gustó esa chica. Tengo que cargar con ella por unas tierras… Con lo mona y educada que es Cayetana, y no esta, que es una hortera y encima se cree que viste bien. Si ni siquiera es de la nobleza. Ahora vete a saber qué le pasa, porque lo que veo es que viene con tara», se dice la suegra para sí misma mientras da vueltas inquieta, espera que la novia recorra el larguísimo pasillo.

Vuelven a caminar, pero la pobre ya no puede seguir apretando las piernas: le duelen los muslos y las caderas. Optó por andar con las piernas muy rectas, arrastra los pies; parece un robot. Con los tacones apenas puede hacer ese movimiento y está a punto de caer. Algún niño recibe una riña de su madre por reírse de ella.

Aquello parece un circo. Se siente furiosa; nota cómo las lágrimas le destruyen todo el maquillaje y que es el hazmerreír de todo el pueblo. Entre apretones de piernas, arrastres de pies y tirones de su padre, llega a la altura del confesionario y se le ocurre una idea. Se suelta de la mano de su padre y va hasta allí. Sale santiguándose, libre y renovada. Regresa al pasillo erguida, digna, recupera todo su esplendor, aun con el maquillaje corrido, y camina hasta el altar con paso firme.

Por fin pueden celebrar la boda.

¡Pobre don Cirilo, qué susto se lleva cuando va a confesar y se encuentra aquello!


domingo, 22 de febrero de 2026

 

El compositor

Todos lo conocen, pero nadie le habla ni lo saluda. Sus vecinos se quejan del olor que emana de su vivienda y de su persona. Raimundo vive en una calle cualquiera de un distrito cualquiera de una gran ciudad considerada “civilizada y avanzada”, donde cada barrio se convierte en un pueblo en el que la mayoría se conoce y donde hacerse el traje unos a otros, en las calles, comercios y demás lugares de reunión, es lo habitual.
Raimundo es una persona solitaria que nunca se relaciona con sus vecinos. Es objeto de comentarios por su forma de vestir y, sobre todo, por cómo lleva el pelo, que parece no haberse peinado en la vida.
Cada vecino le atribuye una profesión distinta, desde actor hasta mendigo. Cada vez que escuchan música procedente de su vivienda, se convierte en la comidilla del rellano.
Pero, ¿quién es realmente Raimundo? Es un músico y compositor reconocido a nivel mundial. Estuvo casado con Alicia, a la que quería con locura y a quien conocía desde la infancia; fue la época más feliz de su vida.
¿Cómo terminó en esta ciudad?
Una noche se estrenaba la culminación de años de trabajo: una de sus obras, la más importante. Fue todo un éxito; el público no dejaba de aplaudir y de felicitarlo.
Tras el cóctel, salió a celebrarlo con su mujer a un lujoso restaurante. Decidieron volver andando; no era muy tarde y el tiempo invitaba a pasear bajo las estrellas. Iban de la mano, riendo, charlando y despreocupados, cuando de las sombras de la catedral salió una figura que les pidió que le dieran todo lo que tuvieran. No se negaron a las peticiones del atracador, pero alguien que salía de la catedral vio la escena y dio la voz de alarma. El ladrón se puso nervioso y disparó, alcanzando a Alicia, que falleció al instante.
El compositor enloqueció ante el cuerpo sin vida de su mujer. Fue enterrada en el panteón familiar de sus padres. Al acabar el sepelio, rechazó cualquier ayuda y se quedó allí sentado junto a la lápida hasta que cayó la noche y lo echaron porque cerraban el cementerio. Salió de allí sin dejar de mirar atrás; los ojos empañados no le dejaban ver el camino. Se detuvo tras cruzar la verja, contemplando aquel lugar siniestro donde reposaba su amada.
Vagaba sin rumbo por las calles; la noche era húmeda y fría. Un amigo se cruzó con él, pero Raimundo no lo reconoció. Se disponía a cruzar el puente que atraviesa la carretera principal cuando se detuvo y se quedó mirando al vacío. Poco a poco se fue acercando a la barandilla; iba a alzar la pierna cuando su amigo se dio cuenta de lo que pretendía hacer.
—¡Noooooooooo! ¡Raimundo! —gritaba su amigo mientras corría hacia él.
Quiso la suerte que llegara justo a tiempo: estaba a punto de saltar. Tiró de él y cayeron sobre el asfalto, sufriendo pequeñas lesiones. Permanecieron abrazados, llorando, hasta que pudo calmarlo y llevarlo a un hospital.
Estuvo ingresado en un centro de reposo, donde poco se pudo hacer; allí se encerró en sí mismo y apenas hablaba.
Su hermano se lo llevó a vivir a su casa, donde pasó dos años, hasta que decidió aceptar una plaza de director del conservatorio de música en esta ciudad.

jueves, 19 de febrero de 2026

 


Testigo mudo

El cadáver yace sobre la alfombra. El detective especula sobre lo que ha sucedido. Otro agente habla con los dos compañeros de piso, que dicen no saber nada, que llegaron y lo encontraron así.
Mientras, la alfombra se desgañita y nadie la oye.
—Señor agente, fue él quien lo mató. Estuvo discutiendo con el muerto porque se acostó con su novia, que es la hermana del otro, el que lleva un jersey azul.
«Han escondido el cuchillo debajo del libro que está en la mesa grande. A mí también me han movido y tengo sangre debajo. Deme la vuelta y lo verá. Es que nadie me oye. Aquí, aquí… soy la alfombra. Pregúntele por su novia. ¿No ven los cristales rotos del vaso que están ahí? Se rompió durante la pelea y se hizo esos cortes en la mano. ¡No, no los dejen irse, que son los culpables!

miércoles, 14 de enero de 2026

 Pasado oscuro



Tras veinte años huyendo, regreso a las calles de mi infancia; asuntos personales requieren mi presencia. Un sudor frío me paraliza. Más gente, más ruido, pero la casa del monstruo sigue allí.
Risas infantiles se escuchan lejanas, procedentes del colegio. Llega el cartero; cuánto tiempo sin ver uno. Dos vecinas se asoman y se ponen a hablar entre balcones; las viejas costumbres no se han perdido.
Apenas reconozco el barrio: otras gentes, otras culturas, han modificado el entorno. Pasa una mujer con un niño llorando; le pega un grito y le da un azote. Una nube negra me atraviesa y me saca de allí, trasladándome a la casa donde crecí.
Mami, no chilles, no pegues, no soy malo. El timbre suena, me asusto, tiemblo, me hago pis. Es el monstruo. Corro, me escondo, mi manito también llora en la cuna. Mamá chilla, me llama, yo no salgo. El monstruo me encuentra. No, no, no, grito. Me coge y me lleva al cuarto de mamá. Me hacen daño, me pegan. No dejo de llorar. Se van. Escucho reír a mamá y a manito llorando. Estoy solito, sangro por la nariz, todo está oscuro.
La nube empieza a difuminarse. Un señor está a mi lado, preocupado por mi estado; apenas puedo respirar, los recuerdos me asfixian.
Me recompongo, vuelvo sobre mis pasos y salgo del infierno.

viernes, 16 de mayo de 2025

 Angustia

Tres días llevo sin comer; me ruge el estómago. Estoy débil, aunque todavía me sostengo en pie y puedo ir al baño. Bebo agua, mucha agua. No soy malo, porque estoy castigado. La última vez que vino escuché un clic en el suelo y no salí corriendo pidiendo socorro; permanecí en silencio, en mi rincón sobre el colchón, esperando mi comida. Una de las veces que vino salí corriendo pidiendo ayuda. Fue detrás de mi alcanzándome, estuve atado a una cadena dos días sin comer ni beber haciéndome las necesidades encima.
No sé cuánto llevo sin comer; he perdido la noción del tiempo. Estoy siempre tumbado y somnoliento. Hay momentos en los que dejo mi cuerpo inerte en el colchón y paseo por la estancia buscando una salida, pero vuelvo sin una respuesta, lloro desconsoladamente y las punzadas del estómago me devuelven a la realidad.
Me arrastro al baño; donde antes había uñas ahora sangro abundantemente. Apenas puedo ponerme en pie para beber agua.
Consigo beber un poco y caigo desplomado; ya no podré salir de allí, mi cuerpo no aguanta otra excursión. Allí huele fatal, está todo lleno de excrementos; me dan arcadas y ahora también vomito. La situación es dantesca.
Es la primera vez que me encantaría verla; hasta le daría un abrazo y un beso.
Porque me sacó de mi casa y me trajo aquí. Yo tengo una familia que me quiere. ¿O no? No sé cuánto llevo en este lugar. Apenas tengo recuerdos, y quizá los que tengo sean fantasías de un loco. Solo la tengo a ella, que me quiere mucho, y soy un egoísta que solo piensa en sí mismo. Si no ha venido es porque le ha pasado algo.
¿Qué puedo hacer para ayudarla? ¿Cómo puedo salir de aquí? Seguro que me necesita y yo estoy aquí, lloriqueando.
Tengo sed; succiono la sangre que emana de mis dedos y me sacia. Las manchas del techo me traen recuerdos de ella; son imágenes suyas dibujadas para que no la olvide.
Comienzo a reír al ver una araña que cae dentro de las heces y no puede salir. Es patético y divertido verla atrapada como yo. ¿Quién morirá antes? El sueño me vence cuando escucho el clic en el suelo.