sábado, 22 de febrero de 2025

 

Futuro incierto

Cuando nacemos somos un libro en blanco que iremos completando con el paso del tiempo. Desde que me jubilé comencé a escribir los acontecimientos más importantes de mi vida. El que relato a continuación marcó mi destino.
Recién cumplida la mayoría de edad estalló la guerra civil. Fui reclutado y enviado al frente. Vivía en una aldea rodeada de montañas, bosques y grandes ríos, nunca había salido de allí. Dejar atrás mi hogar me producía pánico, yo no sabía de guerras, ni de luchas, ni de política. Solo sabía de pastos y animales de granja.
En las últimas fiestas pedí relaciones formales a una moza del pueblo tras la aprobación de su padre empezamos a vernos con frecuencia. Todo quedó truncado por la guerra. Mi madre no dejaba de llorar desde que supimos la noticia y encima me enviaban al frente de África.
Más de tres años tardé en volver y encima lisiado, en la última batalla fui alcanzado por fuego de mortero y perdí la pierna. Pasé un año en el hospital de donde salí con una prótesis y hundido. Mi futuro se presentaba incierto y oscuro.
Cuando regresé fue duro. No podía labrar los campos de la familia y no sabía realizar otro tipo de trabajo. Mis hermanos se encargaban de ello, dos ya vivían por su cuenta y mi hermana y el pequeño seguían con mi madre. Mi prometida me había esperado como manda la costumbre, pero no la veía tan enamorada como al principio, ahora no solo tenía que lidiar con el “ojo torcido” (así me llamaban por tenerlo extraviado) sino que además ahora también estaba cojo.
Mi madre no paraba de llorar y de rezar. Yo estaba apático, apenas salía y no sabía qué hacer ni de que trabajar y en el pueblo no había muchas posibilidades.
Salía a pasear con Vidalina, mi prometida y todo el mundo nos miraba y los niños me insultaban y decían cosas feas haciendo referencia a mi pierna y como andaba, alguno incluso tenía la osadía de imitarme.
Empecé a salir de noche, no asistía a ninguna fiesta o evento del pueblo y me recluí en casa. Vidalina acabó dejándome para disgusto de ambas familias.
Deprimido y solo pasaba los días encerrado en mi habitación y las noches paseando en la oscuridad cuando nadie podía verme.
Todo cambió una mañana en que mi madre me pidió que bajara al ayuntamiento que había recibido una carta del impago de unos impuestos de las tierras cuando ya lo había abonado. Me negué e incluso me puse a llorar como un niño, la sola idea de salir me aterrorizaba.
Iba por las calles arrastrándome como un alma en pena con la cabeza gacha. Me puse una gorra para esconder la cara, pero no era suficiente para evitar las burlas, comentarios y chismorreos de los vecinos.
Cuando solucioné el malentendido del pago me disponía a salir cuando vi un cartel en la puerta donde indicaba que necesitaban gente que supiera leer y escribir para un trabajo. En el pueblo la mayoría son analfabetos, la escuela nunca llegó hasta nosotros. Yo aprendí en el ejército, algo bueno saqué de aquella mala experiencia.
Me dirigí a la ventanilla indicada en el cartel y un señor muy agradable me informó que era para ocupar un puesto en la recepción del ayuntamiento y que formarían a la persona seleccionada.
Regresé a casa y durante la comida comenté lo del trabajo mi madre me animó para que lo solicitara y mis hermanos también que era el único que sabía de letras en casa y estaban muy orgullosos de mi, esto me sacó una sonrisa.
Pase la noche con pesadillas, me despertaba aterrado con sudores fríos la sola idea de enfrentarme a un trabajo y tratar con gente me angustiaba.
A la mañana siguiente mi madre me cogió de las orejas tras desayunar y de una patada en el culo me mandó al ayuntamiento. Hablé con el señor que me atendió el día anterior y se puso muy contento de volver a verme. Rellené la solicitud con su ayuda y la presenté. Sólo quedaba esperar.
Pasó una semana cuando recibí una carta. Había sido elegido para el puesto y tenía que presentarme el lunes de la semana siguiente para iniciar la formación.
En casa les falto tiempo para montar una fiesta. Todos estaban contentos. Me hicieron ropa nueva, mi madre decía que su hijo no iba a trabajar en un puesto importante con ropas remendadas.
El curso duró un mes y lo cierto es que me gustó bastante. Al principio fue difícil, la gente cuando entraban me miraba por ser bizco, pero poco a poco esto se normalizo y ya nadie veía ese defecto, solo me veían a mí, un trabajador eficiente que ayudaba a todos. Ganándome así el respeto de mis vecinos.