sábado, 19 de octubre de 2024


Fragilidad

—¡Sal de la cama! Eres una vaga, ¿has visto cómo está todo? No mereces vivir, ¡das asco!
—¡Déjame en paz!
Bajo a la cocina a desayunar. Está hecha un desastre; pensé que había recogido antes de acostarme.
No queda leche y una triste rebanada de pan, con su traje verde, se resiste a marcharse.
Me preparo una infusión y tomo un cóctel de pastillas.
Tengo que arreglarme e ir a comprar; no tengo de nada.
Suena el timbre. Miro con disimulo a través de la ventana y veo a un señor desconocido llamando con insistencia, gritando mi nombre.
—Marta, soy tu hermano, he venido a verte; me quedé preocupado cuando hablé contigo por teléfono.
—No se te ocurra abrir; es el tipo del que tanto hablan en las calles y tabernas y viene a hacerte daño.
—Cállate de una vez, no es él; me conoce, ¿no ves que sabe mi nombre?
Golpea la puerta con tanta fuerza que temo que se venga abajo toda la casa. Cojo el atizador de la chimenea y, cuando pone un pie en el rellano, le atizo en la cabeza.
Cae lentamente mientras su sangre impregna el suelo.
Contemplo a aquel desconocido temblando, asustada y muy agitada. Paseo de un lado a otro, nerviosa; no sé qué hacer.
—Mátalo y deshazte de él.
—¡No! Voy a buscar ayuda.
—¿Ayuda? No me hagas reír; irás a la cárcel y ya sabes lo que pasará.
—¡Calla de una vez! —grito desesperada.
Me tranquilizo y le arrastro hasta la puerta del sótano. Le empujo y cae rodando.
Busco algo con que atarle; veo un viejo cinturón de cuero con el que ato las manos. Al fondo, en una estantería, hay una cuerda muy gruesa con la que ato los pies, y estos a las manos, y a su vez a un gancho que hay en la pared.
Me siento en la escalera; estoy agotada. Contemplo al intruso mientras me pregunto por qué quiere matarme.
El calor y el agotamiento hacen que el sueño me venza.
Un grito desesperado me despierta; alguien me llama.
—No le hagas caso; quiere confundirte. Acaba con él ya.
—¡Déjame! No lo voy a matar.
—Cobarde, nunca has servido para nada, ¡eres una inútil!
—Marta, soy Sergio, ¿con quién hablas?
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Te está mintiendo, no le escuches; ¡acaba con él!
—No, no lo voy a matar.
—¡Mátalo!
—Marta, ¡para ya! No hay nadie, solo está en tu cabeza; suéltame, yo te ayudaré —dice su hermano con desesperación.
—¡Mátalo, te he dicho!
—No, no lo voy a matar.
—Marta, no, ¿qué vas a hacer? ¡Para ya! —suplica su hermano con insistencia.

miércoles, 9 de octubre de 2024

Reunión familiar


Reunión familiar

Josefa y Juan esperan con ansia la llegada de sus hijos; la mesa está lista y dispuesta a celebrar la Navidad. El primero en llegar es Luis, el tercero de la tropa. Está casado y tiene tres hijos pequeños que se llevan una cuarentena. Se le ve cansado, aunque intenta disimular las ojeras; son profundas y no hay remedio que la atenúe.
No han terminado de recibir a Luis cuando llega José con su marido y el pequeño Jaime que adoptaron hace unos meses. Tiene un año recién cumplido y está empezando a dar sus primeros pasos. Sus carantoñas y balbuceos hacen las delicias de todos.
La casa antes lúgubre resplandece y cobra vida. Los padres se miran orgullosos, escuchando a los suyos mientras juegan con los pequeños.
Suena el timbre con insistencia; es Luisa con Aitana que viene con ganas de ir al baño y sin saludar y empujando a sus primos va disparada al aseo. Están muy preocupados por su hija desde que enviudó. Se ha refugiado en el trabajo, apenas hablan, no les llama y se ha ido alejando poco a poco.
El sonido del teléfono interrumpe las conversaciones. A Lorenzo se le ensombrece el rostro y su mujer lo mira con inquietud. Está en un atasco y llegará tarde. Tiene cuatro hijos y llevan todo el camino discutiendo y peleando… Las tripas rugen y Lorenzo aún no ha llegado. Ya son casi las diez y los niños tienen hambre; la situación se está volviendo insostenible.
A las diez y media suena el timbre, ¡por fin están aquí! Grita Josefa, llena de júbilo; Estaba empezando a ponerse nervioso.
En la mesa no falta detalle; han pensado en lo que le gusta a cada uno y en aquellos que tienen alergias.
Se lanzan a la comida como si nunca hubieran probado bocado. Los padres contemplan en silencio la algarabía. Sin poder evitarlo, las lágrimas se les escapan por el que les falta. Juan, su hijo mayor, ya no está; la carretera se lo llevó.