La boda
Las campanas resuenan: hoy es el gran día. La boda tan esperada: contraen matrimonio la hija del cacique con el hijo del conde. Nunca se había visto un evento igual en aquellas tierras. Unos dicen que es por amor; otros, por intereses. Ahora todas las tierras pasan a la misma familia. La catedral está engalanada como si el mismísimo rey se casara.
La novia es vestida por el mejor modisto. Se sigue la tradición de llevar algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul. Su madre insiste en que lleve la ropa interior de encaje que adquirió junto con su ajuar. Ella no quiere: dice que está pasada de moda y que la tela está deteriorada por el tiempo que lleva guardada. Pero la madre había insistido tanto que, al final, ha accedido, considerándolo como «algo viejo» y, además, nadie lo verá.
A las doce de la mañana, el novio espera nervioso en el altar junto a su madre. Mira una y otra vez, consulta el reloj sin parar hacia el inmenso pasillo que lo separa de la puerta de entrada.
La puerta se abre, suena la marcha nupcial y entra la novia. El padre camina orgulloso con su hija por el pasillo. Los invitados se levantan y se quedan impresionados ante tanta belleza.
La muchacha se detiene: nota rasgarse algo en su interior y un fuerte latigazo a la altura de la cadera.
Vuelven a iniciar el paso. Apenas recorre unos metros cuando se detiene de nuevo y los nervios se apoderan de ella. «No es posible, esto no puede estar pasando… y menos hoy», piensa para sí misma. Junta las piernas con tanta fuerza que anda como si empuja los pies. Los asistentes se miran extrañados, murmuran entre sí y algunos sonríen con malicia.
—Hija, ¿qué haces? ¿Qué pasa?
—Papá, no puedo decírtelo… son cosas que no se le cuentan a un padre. Ahora mismo me quiero morir.
—Siéntate en un banco hasta que estés bien —le dice, apurado.
—No, esto no tiene solución.
El novio ya va a abandonar el altar cuando su madre lo detiene con firmeza:
—No, que venga hasta aquí —dice muy enfadada.
—Mamá, algo le pasa.
—No la puedes tocar hasta que da el «sí, quiero» —murmura al oído de su hijo, lo agarra fuertemente del brazo.
«Nunca me gustó esa chica. Tengo que cargar con ella por unas tierras… Con lo mona y educada que es Cayetana, y no esta, que es una hortera y encima se cree que viste bien. Si ni siquiera es de la nobleza. Ahora vete a saber qué le pasa, porque lo que veo es que viene con tara», se dice la suegra para sí misma mientras da vueltas inquieta, espera que la novia recorra el larguísimo pasillo.
Vuelven a caminar, pero la pobre ya no puede seguir apretando las piernas: le duelen los muslos y las caderas. Optó por andar con las piernas muy rectas, arrastra los pies; parece un robot. Con los tacones apenas puede hacer ese movimiento y está a punto de caer. Algún niño recibe una riña de su madre por reírse de ella.
Aquello parece un circo. Se siente furiosa; nota cómo las lágrimas le destruyen todo el maquillaje y que es el hazmerreír de todo el pueblo. Entre apretones de piernas, arrastres de pies y tirones de su padre, llega a la altura del confesionario y se le ocurre una idea. Se suelta de la mano de su padre y va hasta allí. Sale santiguándose, libre y renovada. Regresa al pasillo erguida, digna, recupera todo su esplendor, aun con el maquillaje corrido, y camina hasta el altar con paso firme.
Por fin pueden celebrar la boda.
¡Pobre don Cirilo, qué susto se lleva cuando va a confesar y se encuentra aquello!