domingo, 22 de febrero de 2026

 

El compositor

Todos lo conocen, pero nadie le habla ni lo saluda. Sus vecinos se quejan del olor que emana de su vivienda y de su persona. Raimundo vive en una calle cualquiera de un distrito cualquiera de una gran ciudad considerada “civilizada y avanzada”, donde cada barrio se convierte en un pueblo en el que la mayoría se conoce y donde hacerse el traje unos a otros, en las calles, comercios y demás lugares de reunión, es lo habitual.
Raimundo es una persona solitaria que nunca se relaciona con sus vecinos. Es objeto de comentarios por su forma de vestir y, sobre todo, por cómo lleva el pelo, que parece no haberse peinado en la vida.
Cada vecino le atribuye una profesión distinta, desde actor hasta mendigo. Cada vez que escuchan música procedente de su vivienda, se convierte en la comidilla del rellano.
Pero, ¿quién es realmente Raimundo? Es un músico y compositor reconocido a nivel mundial. Estuvo casado con Alicia, a la que quería con locura y a quien conocía desde la infancia; fue la época más feliz de su vida.
¿Cómo terminó en esta ciudad?
Una noche se estrenaba la culminación de años de trabajo: una de sus obras, la más importante. Fue todo un éxito; el público no dejaba de aplaudir y de felicitarlo.
Tras el cóctel, salió a celebrarlo con su mujer a un lujoso restaurante. Decidieron volver andando; no era muy tarde y el tiempo invitaba a pasear bajo las estrellas. Iban de la mano, riendo, charlando y despreocupados, cuando de las sombras de la catedral salió una figura que les pidió que le dieran todo lo que tuvieran. No se negaron a las peticiones del atracador, pero alguien que salía de la catedral vio la escena y dio la voz de alarma. El ladrón se puso nervioso y disparó, alcanzando a Alicia, que falleció al instante.
El compositor enloqueció ante el cuerpo sin vida de su mujer. Fue enterrada en el panteón familiar de sus padres. Al acabar el sepelio, rechazó cualquier ayuda y se quedó allí sentado junto a la lápida hasta que cayó la noche y lo echaron porque cerraban el cementerio. Salió de allí sin dejar de mirar atrás; los ojos empañados no le dejaban ver el camino. Se detuvo tras cruzar la verja, contemplando aquel lugar siniestro donde reposaba su amada.
Vagaba sin rumbo por las calles; la noche era húmeda y fría. Un amigo se cruzó con él, pero Raimundo no lo reconoció. Se disponía a cruzar el puente que atraviesa la carretera principal cuando se detuvo y se quedó mirando al vacío. Poco a poco se fue acercando a la barandilla; iba a alzar la pierna cuando su amigo se dio cuenta de lo que pretendía hacer.
—¡Noooooooooo! ¡Raimundo! —gritaba su amigo mientras corría hacia él.
Quiso la suerte que llegara justo a tiempo: estaba a punto de saltar. Tiró de él y cayeron sobre el asfalto, sufriendo pequeñas lesiones. Permanecieron abrazados, llorando, hasta que pudo calmarlo y llevarlo a un hospital.
Estuvo ingresado en un centro de reposo, donde poco se pudo hacer; allí se encerró en sí mismo y apenas hablaba.
Su hermano se lo llevó a vivir a su casa, donde pasó dos años, hasta que decidió aceptar una plaza de director del conservatorio de música en esta ciudad.

jueves, 19 de febrero de 2026

 


Testigo mudo

El cadáver yace sobre la alfombra. El detective especula sobre lo que ha sucedido. Otro agente habla con los dos compañeros de piso, que dicen no saber nada, que llegaron y lo encontraron así.
Mientras, la alfombra se desgañita y nadie la oye.
—Señor agente, fue él quien lo mató. Estuvo discutiendo con el muerto porque se acostó con su novia, que es la hermana del otro, el que lleva un jersey azul.
«Han escondido el cuchillo debajo del libro que está en la mesa grande. A mí también me han movido y tengo sangre debajo. Deme la vuelta y lo verá. Es que nadie me oye. Aquí, aquí… soy la alfombra. Pregúntele por su novia. ¿No ven los cristales rotos del vaso que están ahí? Se rompió durante la pelea y se hizo esos cortes en la mano. ¡No, no los dejen irse, que son los culpables!