Reunión familiar
Josefa y Juan esperan con ansia la llegada de sus hijos; la mesa está lista y dispuesta a celebrar la Navidad. El primero en llegar es Luis, el tercero de la tropa. Está casado y tiene tres hijos pequeños que se llevan una cuarentena. Se le ve cansado, aunque intenta disimular las ojeras; son profundas y no hay remedio que la atenúe.
No han terminado de recibir a Luis cuando llega José con su marido y el pequeño Jaime que adoptaron hace unos meses. Tiene un año recién cumplido y está empezando a dar sus primeros pasos. Sus carantoñas y balbuceos hacen las delicias de todos.
La casa antes lúgubre resplandece y cobra vida. Los padres se miran orgullosos, escuchando a los suyos mientras juegan con los pequeños.
Suena el timbre con insistencia; es Luisa con Aitana que viene con ganas de ir al baño y sin saludar y empujando a sus primos va disparada al aseo. Están muy preocupados por su hija desde que enviudó. Se ha refugiado en el trabajo, apenas hablan, no les llama y se ha ido alejando poco a poco.
El sonido del teléfono interrumpe las conversaciones. A Lorenzo se le ensombrece el rostro y su mujer lo mira con inquietud. Está en un atasco y llegará tarde. Tiene cuatro hijos y llevan todo el camino discutiendo y peleando… Las tripas rugen y Lorenzo aún no ha llegado. Ya son casi las diez y los niños tienen hambre; la situación se está volviendo insostenible.
A las diez y media suena el timbre, ¡por fin están aquí! Grita Josefa, llena de júbilo; Estaba empezando a ponerse nervioso.
En la mesa no falta detalle; han pensado en lo que le gusta a cada uno y en aquellos que tienen alergias.
Se lanzan a la comida como si nunca hubieran probado bocado. Los padres contemplan en silencio la algarabía. Sin poder evitarlo, las lágrimas se les escapan por el que les falta. Juan, su hijo mayor, ya no está; la carretera se lo llevó.
No han terminado de recibir a Luis cuando llega José con su marido y el pequeño Jaime que adoptaron hace unos meses. Tiene un año recién cumplido y está empezando a dar sus primeros pasos. Sus carantoñas y balbuceos hacen las delicias de todos.
La casa antes lúgubre resplandece y cobra vida. Los padres se miran orgullosos, escuchando a los suyos mientras juegan con los pequeños.
Suena el timbre con insistencia; es Luisa con Aitana que viene con ganas de ir al baño y sin saludar y empujando a sus primos va disparada al aseo. Están muy preocupados por su hija desde que enviudó. Se ha refugiado en el trabajo, apenas hablan, no les llama y se ha ido alejando poco a poco.
El sonido del teléfono interrumpe las conversaciones. A Lorenzo se le ensombrece el rostro y su mujer lo mira con inquietud. Está en un atasco y llegará tarde. Tiene cuatro hijos y llevan todo el camino discutiendo y peleando… Las tripas rugen y Lorenzo aún no ha llegado. Ya son casi las diez y los niños tienen hambre; la situación se está volviendo insostenible.
A las diez y media suena el timbre, ¡por fin están aquí! Grita Josefa, llena de júbilo; Estaba empezando a ponerse nervioso.
En la mesa no falta detalle; han pensado en lo que le gusta a cada uno y en aquellos que tienen alergias.
Se lanzan a la comida como si nunca hubieran probado bocado. Los padres contemplan en silencio la algarabía. Sin poder evitarlo, las lágrimas se les escapan por el que les falta. Juan, su hijo mayor, ya no está; la carretera se lo llevó.
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