Clara
Corro desesperado; las piernas apenas me responden. Un dolor punzante me paraliza el pie. No logra detenerme. Continúo corriendo como un caballo desbocado. Cuanto más me acerco a la ermita, más se aleja.
Llego
sin resuello y apenas puedo abrir la puerta. La luz es escasa. Llamo a Clara
desesperadamente una y otra vez, corriendo de un lado a otro con las pocas
fuerzas que me quedan.
Escucho
una risa burlona que proviene del altar. Me giro y una luz ilumina al Cristo.
—¡Nooooooooooo!
—grito al tiempo que me arrodillo y pierdo el sentido.
Despierto.
La imagen es dantesca. Río, lloro, doy vueltas como un loco; me acerco
temblando y me alejo, presa del pánico. Mi mente se nubla.
Mía
tenía un dolor rico consentido vacío loco
egoísta forzado malvado Belleza risas
suicidio mimado valiosa amor vida alma rotura corazón negro sin destino la nada
adiós sangre burlona juguete ojos.
Abandono
el lugar gritando al tiempo que corro sin rumbo por los caminos desiertos.
Estoy agotado. Me detengo sobre una piedra y comienzo a llorar. “Pronto estaré
contigo, mi amor”, me digo una y otra vez, con la imagen del horror en mis
pupilas.
Veo
una granja y corro hacia allí. La lluvia comienza a caer, pesada, camino del
cadalso. Subo al tajo de ordeño y lanzo una soga. Hoy se ejecuta mi sentencia
por amarla hasta la extenuación.
En
estos momentos sombríos, todos los recuerdos se agolpan:
—¿Por
qué lo has hecho? Lo tienes todo. Tú siempre has sido rico; yo, de niño, era
pobre. Sé que jugabas conmigo porque no había otros muchachos, solo yo, el hijo
de la criada, pero con el tiempo pensé que eras mi amigo de verdad;
compartíamos todo.
Insististe
en que fuera contigo a la escuela, y tus padres consintieron. Gracias a eso
pude labrarme un futuro.
Todo
cambió cuando te marchaste a estudiar a otro país. Volviste cambiado; ya no
eras tú. No quisiste venir a mi boda con Clara. Cuando te la presenté, no me
gustó cómo la miraste; era como si la desearas para ti. Fue una sensación
extraña que no tenía desde niño cuando mi madre me abrazaba.
Tampoco
te alegró que tuviera un buen trabajo. No podías soportar que yo tuviera una
buena mujer que me quisiera. La querías para ti, como si fuera un juguete que
debías poseer primero. Pero ella te rechazaba y, claro, a ti no se te puede
decir que no, ¿verdad?
¿Cómo
no lo vi venir? No debí dejarla sola ni un momento. ¿De qué sirve ahora? Ya no
tiene remedio.
Cuando
entré en la ermita y la vi sin vida a tus pies, en ese instante yo morí con
ella. Recuerdo esa sonrisa sarcástica y cómo me mirabas con los ojos vacíos,
sin vida, mientras te pegabas un tiro. ¿Por qué no lo hiciste antes y la
dejaste vivir?
Doy
una patada al tajo cuando escucho voces:
—¿Quién
anda ahí?
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