lunes, 1 de junio de 2026

Clara

 



Clara

Corro desesperado; las piernas apenas me responden. Un dolor punzante me paraliza el pie. No logra detenerme. Continúo corriendo como un caballo desbocado. Cuanto más me acerco a la ermita, más se aleja.

Llego sin resuello y apenas puedo abrir la puerta. La luz es escasa. Llamo a Clara desesperadamente una y otra vez, corriendo de un lado a otro con las pocas fuerzas que me quedan.

Escucho una risa burlona que proviene del altar. Me giro y una luz ilumina al Cristo.

—¡Nooooooooooo! —grito al tiempo que me arrodillo y pierdo el sentido.

Despierto. La imagen es dantesca. Río, lloro, doy vueltas como un loco; me acerco temblando y me alejo, presa del pánico. Mi mente se nubla.

Mía tenía un dolor rico  consentido vacío loco  egoísta forzado malvado Belleza risas suicidio mimado valiosa amor vida alma rotura corazón negro sin destino la nada adiós sangre burlona juguete ojos.

Abandono el lugar gritando al tiempo que corro sin rumbo por los caminos desiertos. Estoy agotado. Me detengo sobre una piedra y comienzo a llorar. “Pronto estaré contigo, mi amor”, me digo una y otra vez, con la imagen del horror en mis pupilas.

Veo una granja y corro hacia allí. La lluvia comienza a caer, pesada, camino del cadalso. Subo al tajo de ordeño y lanzo una soga. Hoy se ejecuta mi sentencia por amarla hasta la extenuación.

En estos momentos sombríos, todos los recuerdos se agolpan:

—¿Por qué lo has hecho? Lo tienes todo. Tú siempre has sido rico; yo, de niño, era pobre. Sé que jugabas conmigo porque no había otros muchachos, solo yo, el hijo de la criada, pero con el tiempo pensé que eras mi amigo de verdad; compartíamos todo.

Insististe en que fuera contigo a la escuela, y tus padres consintieron. Gracias a eso pude labrarme un futuro.

Todo cambió cuando te marchaste a estudiar a otro país. Volviste cambiado; ya no eras tú. No quisiste venir a mi boda con Clara. Cuando te la presenté, no me gustó cómo la miraste; era como si la desearas para ti. Fue una sensación extraña que no tenía desde niño cuando mi madre me abrazaba.

Tampoco te alegró que tuviera un buen trabajo. No podías soportar que yo tuviera una buena mujer que me quisiera. La querías para ti, como si fuera un juguete que debías poseer primero. Pero ella te rechazaba y, claro, a ti no se te puede decir que no, ¿verdad?

¿Cómo no lo vi venir? No debí dejarla sola ni un momento. ¿De qué sirve ahora? Ya no tiene remedio.

Cuando entré en la ermita y la vi sin vida a tus pies, en ese instante yo morí con ella. Recuerdo esa sonrisa sarcástica y cómo me mirabas con los ojos vacíos, sin vida, mientras te pegabas un tiro. ¿Por qué no lo hiciste antes y la dejaste vivir?

Doy una patada al tajo cuando escucho voces:

—¿Quién anda ahí?

 


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